PALOMAS: LES HEMOS DEJADO LA BASURA

Por

Magnolia Alonso Nieto

A “Mocho y Blanca”

Los palomos que vienen cada día a mi ventana.

Esperando el tren en una estación pude observarlas por largo tiempo. Ellas iban y venían de todas partes y por todas partes, estaban ansiosas y era particularmente interesante presenciar sus habilidades, habilidades para ser, estar y sobre todo molestar, a pesar de nosotros, los invasores, quienes, por cierto íbamos y veníamos de todas partes y por todas partes. ¿Qué se puede hacer en una estación mientras llega el tren? Hablar, leer, comer, tomar un café, comprar en las tiendas o, como yo, ver a las diferentes aves que habitan el lugar.

Unas, las más numerosas, las palomas, se veían enfermas en un su gran mayoría, parecían un grupo de mendigos desesperados, algunas con infecciones, otras con patas o dedos amputados, picos deformados, con el plumaje incompleto, sucio o deteriorado. Otras aves más pequeñas, como gorriones, muy ágiles, menos numerosas pero igual de enfermas, eso era evidente.

Yo estaba sentada junto a un lugar donde venden revistas y con una de ellas en mi mano: la revista de filosofía. En ése número hablaba de cosas importantísimas dichas por señores muy reputados, pero yo preferí dejar la revista para después, en ese momento quería verlas a ellas que se disputaban la basura.

Un trozo de “sándwich” que ellas mismas habían tumbado de lo alto de una rebosada caneca de basura, era su cena del día. Del pan endurecido asomaba una trozo de jamón y una hoja de lechuga, tendría también algún aderezo, supongo. Ellas picoteaban el pan, así como la carne. Yo permanecía allí en mi asombro presenciando lo antinatural de ver a unas aves comer cerdo con aderezo a base de huevos. Ellas a su vez estaban atentas a quienes venían arrastrando maletas afanadamente, a quienes no notaban su presencia y a uno que otro humano al que le apetecía amenazarlas con una patada para despejar su camino. Las aves más pequeñas luchaban cotra todos estos factores y, además, con las palomas. Nada parecido a cenar tranquilamente en un restaurante.

Todas ellas estaban neuróticas, pero ¿cómo más pueden estar? Lo más cercano que pueden encontrar para comer y vivir en estas ciudades que se asemeje a un entorno natural es un pequeño parque o jardín, allí donde puedan encontrar alguna semilla o un pequeño insecto o alguna persona que las alimente de vez en cuando, o también pueden encontrar facilmente ¡toneladas de basura!

En un medio natural, o por lo menos en uno no tan hostil, ellas estarían comiendo de otra manera y sin duda no se habrían convertido en una comunidad de “aves mutantes” deformadas y llenas de infecciones. Nuestra presencia no sólo las lleva a comer los restos de una “Bigmac” o alguna otra porquería, sino que les genera una predilección por éste tipo de alimentación (de la misma manera que a los  humanos).

palomas y fábrica

En diferentes ciudades las palomas son consideradas una plaga por algunos y alimentadas devotamente por otros, pero no es raro ver en lo alto de los edificios largas púas afiladas para que las palomas no se posen allí y no ensucien sus terrazas. A muchos les parece molesto que las palomas aniden en sus balcones, vivan en sus tejados o les acompañen en los restaurantes impidiéndoles estar tranquilos. Sin embargo  es necesario recordar y reconocer que es a causa de nuestro “progreso” de nuestra forma de vida citadina, que le hemos quitado a ellas y a tantos otros animales la oportunidad de tener una vida sana dónde no sean vistos como una plaga, donde no sean maltratados y puedan desarrollarse según las condiciones que les son propias. Quitándoles sus espacios les hemos negado la posibilidad de llevar una vida digna. 

La realidad es que hemos roto el equilibrio que mantenía a esas aves de forma natural en buena salud y  en un hábitat adaptado a sus necesidades. Los paisajes idílicos llenos de naturaleza salvaje, poblados de animales felices ya no existen. ¡Los animales están sufriendo! Las personas hemos intervenido negativamente en su existencia, contaminado y haciendo uso indiscriminado del derecho a la propiedad para invadir el terreno ancestral de los animales no humanos. La aves de la estación de tren, de buses, de las plazas e iglesias, de los balcones, de los puentes; son una comunidad desplazada de sus territorios.

En la estación, viendo a estas aves amputadas y enfermas alimentarse de basura, mi tristeza se hace más aguda cuando un niño de unos 8 o 9 años, luego de intentar infructuosamente patear a las aves, decide pisar el trozo de sándwich que ellas comían. El niño lo pisaba una y otra vez, lo restregaba con rabia entre el suelo y su zapato, luego de esto corrió a tomar la mano de su madre quien lo miraba complacida. Ellas regresaron rápidamente a seguir comiendo lo que quedaba.

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